En la actual coyuntura del mercado de trabajo se dice bastante sobre la trascendencia de la formación profesional como un elemento clave para combatir la desocupación y para aumentar la empleabilidad, para dedicarse por ejemplo a la mecánica del automóvil.
Es posible definir a la formación profesional como las prácticas y estudios que le otorgan al trabajador mayores herramientas para dar solución a las situaciones que afrontan en su labor. Son acciones formativas que no sólo optimizan la productividad, sino que facultan al trabajador para un mejor horizonte laboral.
Para dar un ejemplo, un curso de idiomas es impartido para que un individuo que trabaja en atención al público se maneje fluidamente ante extranjeros, pero benefician al trabajador en cuanto le suman conocimientos muy útiles más allá de su puesto actual. Lo ideal es que la formación profesional vaya más allá de los entornos inmediatos del trabajador.
Una FP adecuada y eficaz puede llevar, inclusive, a la reconversión laboral: el empleado de atención al público, debido a su nuevo dominio del inglés, se convierte en guía de turistas.
Asimismo, la FP tiene que brindarse en un ámbito dinámico, que permita al empleado recibirla, pero sin abandonar sus actividades productivas.
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